Ante situaciones complicadas, ya sea por cosas que nos disgustan o no las esperábamos, una de las acciones más comunes es la de esperar a que pase.

Y no hay nada de malo por esperar, es algo que se ha hecho toda la vida.

Pero aquí lo importante no es la situación en sí, sino la duración de esta.

Entiendo que si estamos trabajando en el exterior, miramos el tiempo y dicen que va a llover, decidamos esperar a mañana para continuar el trabajo, incluso tres días si es necesario. Lo mismo si nos ponemos malos y tenemos unas décimas de fiebre, incluso considero en estos casos beneficioso el hecho de esperar.

Pero en otras ocasiones la situación va a extenderse por un periodo de tiempo largo, demasiado largo. Quizá has tenido una lesión física que va a tardar en curar varios meses, un confinamiento a nivel mundial de muchas semanas o una crisis que puede durar años.

En ese momento, la acción de esperar es demasiado larga, en ese momento toca cambiar el plan. Y si ya no puedes ir al trabajo caminando, tocará buscar una alternativa para seguir cumpliendo; si no puedes salir de casa porque el Estado no lo permite, tendrás que hallar la forma de continuar con tu rutina; y si la crisis nos da un buen bofetón, pues tocará mover el culo para revertir o minimizar esa situación. Aquí esperar va a traer más malo que bueno.

Dicen que un buen plan para hoy es mejor que un plan perfecto para la semana que viene.

Imagina si hablamos de periodos más largos.